Apenas ocho días después de la tragedia del 24 de junio de 1935 en el aeródromo de Las Playas (Medellín), el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia emitió una comunicación oficial formal con destino al Cónsul General de la República Argentina en Bogotá, Juan Antonio Montoya.
Lejos de ser una anotación informal o un papel sin valor legal, se trata de una nota diplomática de Estado custodiada en el Archivo Histórico de la Cancillería de Colombia. En ella, el Despacho ministerial remite formalmente la relación de las víctimas del siniestro con base en la investigación oficial y telegráfica suministrada por el propio Gobernador del Departamento de Antioquia:
Encabezando la lista de fallecidos, consta con total precisión institucional: «Carlos Gardel — Tacuarembó (Uruguay)».
Los defensores de la tesis francesa intentan desestimar este oficio alegando que las autoridades colombianas se limitaron a tomar datos de documentos portados por la víctima. Sin embargo, ese argumento se vuelve en su contra: la documentación de identidad que Carlos Gardel llevaba consigo al momento de morir acreditaba formalmente su nacimiento en Tacuarembó, ratificando la constante jurídica de toda su vida adulta. Ni en Colombia, ni en Venezuela, ni en Francia durante sus trámites consulares de 1932 figuró jamás como nacido en Toulouse. La diplomacia internacional certificó lo que el propio Gardel sostuvo siempre.